Hace algunos días conversando con mi hijo, quien lleva pocos meses en su primer trabajo, me describía su experiencia a la fecha y me comentaba sobre cómo estaba organizando su propia estrategia para enfrentar los importantes retos que tiene por delante, y, aunque tiene frente a sí un gran espacio y grandes oportunidades dentro de una organización del Fortune 500, en su relato no dejaba de colarse esa ansiedad por cuándo vendría el próximo paso, cómo se vería su “ruta de carrera”, y como deseaba desarrollarse profesionalmente hacia el futuro. Lo escuché con una mezcla de profunda admiración por todo lo que ha logrado hasta ahora, y algo que no supe identificar muy bien en ese momento, quizás nostalgia, quizás inquietud, o quizas un poco de ambas. Lo escuche con profunda admiración y orgullo, porque esa actitud y sana ambición es valiosa, y con un poco de inquietud, porque reconocí en su impaciencia algo que el entorno le ha enseñado, y que el mundo laboral no siempre está preparado para recibir.
Tal vez uno de los elementos más notorios en los jóvenes profesionales es esa ansiedad con la que enfrentan el futuro, esa necesidad de certidumbre en los tiempos de su progreso, del próximo paso y de la tan mencionada “ruta de carrera”. Este no es un fenómeno aislado, tampoco es necesariamente negativo. De hecho, resulta profundamente valiosa la intención y acción de planificar, de entender las reglas del juego, de medir el avance y asumir el desarrollo profesional como una responsabilidad propia y no como una consecuencia pasiva del tiempo.
Eso, en esencia, está muy bien y es profundamente deseable. Pero los tiempos que corren parecen haber añadido una capa adicional de complejidad a esta realidad, una presión constante por la inmediatez. Una expectativa (en muchos casos sobredimensionada) de resultados en plazos cada vez más cortos y una menor tolerancia a procesos cuyo valor no es evidente en el corto plazo. La velocidad del entorno, el avance tecnológico y la lógica de gratificación inmediata, han configurado una forma distinta de relacionarnos con el tiempo. Y cuando la percepción del tiempo cambia, también cambian las expectativas.
Por eso, no resulta extraño escuchar con mayor frecuencia en conversaciones empresariales la frase de: “esta generación no tiene paciencia”. Se repite con una mezcla de resignación y juicio, como si explicara por sí sola una serie de comportamientos que incomodan a las organizaciones. Sin embargo, el problema no es la paciencia en sí misma, sino el contexto que la ha hecho menos presente. Durante décadas, como en las que a mí me tocó iniciar mi tránsito profesional, tener paciencia formaba parte natural de cualquier proceso. La información tardaba, las oportunidades se construían progresivamente y el desarrollo profesional era, en esencia, acumulativo. Visto hoy en retrospectiva, con todas las ventajas del mundo actual, en aquellos años había cierto “sosiego” que hoy no existe y que debo confesar que, de tiempo en tiempo, extraño.
Hoy, esa lógica ha sido profundamente alterada. Las nuevas generaciones han crecido en un entorno donde la inmediatez no es una ventaja, es el estándar. Compramos con un clic, accedemos a información con otro clic, nos comunicamos en tiempo real y consumimos contenido bajo demanda en forma de maratones. Lo que antes requería espera y paciencia, hoy solo requiere conexión a internet. Las plataformas digitales han configurado una experiencia donde la respuesta inmediata es la norma, y esto no es un cambio superficial, esto modifica la expectativa base desde la cual las personas interpretan cualquier sistema, incluido el laboral.
Desde la perspectiva del comportamiento, esto tiene implicaciones relevantes. La economía de la atención, anticipada por Herbert Simon, plantea que el recurso escaso ya no es la información, sino la capacidad de procesarla. En ese contexto, estudios en neurociencia han demostrado cómo los sistemas de recompensa influyen en la percepción del tiempo y en la tolerancia a la espera. No se trata simplemente de querer resultados rápidos, sino de haber crecido en entornos donde la gratificación inmediata no era un capricho, sino una respuesta lógica a la incertidumbre. Cuando el futuro se siente impredecible, el presente se vuelve el único territorio seguro.
El problema surge cuando este modelo se traslada al desarrollo profesional. A diferencia del consumo digital, las carreras no se construyen de un día para otro. La adquisición de criterio, la consolidación de habilidades complejas y la construcción de confianza requieren exposición, repetición y, en muchos casos, asumir el costo de los errores que cometeremos en el proceso. No existe una forma acelerada de adquirir experiencia significativa, y sin embargo, la expectativa de velocidad se mantiene, generando una tensión evidente entre lo que se espera y lo que realmente toma tiempo construir.
Pero reducir todo esto solo a un tema de velocidad sería incompleto. Hay un elemento adicional que empieza a ser cada vez más visible en la experiencia laboral joven: la dificultad para sostener el foco y el compromiso en el tiempo. En entornos saturados de estímulos, la atención se fragmenta con facilidad, y esa fragmentación tiene un impacto directo en la profundidad del trabajo.
El Work Trend Index de Microsoft de 2023 evidenciaba cómo el ritmo del trabajo actual fragmenta la atención y dificulta el foco sostenido, y por su parte, estudios de Gallup muestran que solo alrededor del 23% de los colaboradores a nivel global se consideran comprometidos con su trabajo, siendo los segmentos más jóvenes los que presentan mayores niveles de desconexión emocional en el contexto post-pandemia. Aquí cabe entonces la pregunta: ¿quién puede dar buen resultado si no le emociona y encuentra sentido a lo que hace?
Todo esto no es menor, porque sin foco no hay proceso, y sin proceso no hay resultados. El progreso profesional no depende únicamente del tiempo, pero tampoco se construye al margen de él. Se construye, sobre todo, en la capacidad de sostener esfuerzos consistentes en el tiempo, de asumir responsabilidades crecientes, de generar confianza y de convertir la ejecución en valor tangible. No basta con querer avanzar rápido; es necesario demostrar que se puede asumir más, que se puede pasar de ejecutar tareas a asumir procesos, que se pueden resolver problemas y que se contribuye significativamente, cualquiera que sea el rol, a reducir la incertidumbre en entornos complejos.
Así como esto es parte de la realidad, no es menos cierto que hay que ver la otra cara de la moneda. Muchas organizaciones siguen operando bajo modelos que no justifican la espera que exigen. Estructuras exageradamente rígidas, falta de oportunidades reales para demostrar capacidades, ausencia de retroalimentación clara y un exceso de burocracia, debilitan la relación entre esfuerzo y resultado.
Pero el problema no termina ahí, hay otro elemento adicional que pocas veces se incorpora con suficiente seriedad en esta discusión, se trata de la brecha entre la formación académica y la realidad empresarial, particularmente en América Latina. La combinación de programas poco actualizados, bajos niveles de calidad y una débil conexión entre lo que demanda el mercado y lo que ofrece la academia, termina generando profesionales que, en muchos casos, no llegan completamente preparados para asumir las exigencias del entorno laboral.
Esto transfiere una carga adicional a las organizaciones, que no solo deben desarrollar talento, sino que tienen que empezar por nivelarlo. Y lo más complejo no es la carga en sí, sino que muchas veces las empresas no cuentan con los modelos o las capacidades para gestionar estos procesos adecuadamente.
El resultado es una desalineación evidente, y un costo que pocas veces se nombra: la frustración crónica. Por un lado, profesionales que buscan avanzar con mayor rapidez pero que no siempre están bien preparados para el siguiente nivel, y por otro, organizaciones que exigen paciencia, pero que no trabajan activamente por construir las condiciones que la justifican.
La discusión relevante, entonces, no es si estamos frente a una generación impaciente. La discusión es si somos capaces de redefinir lo qué significa realmente progresar. Porque el progreso no debería medirse únicamente en tiempo, pero tampoco puede desligarse de la evidencia. Progresar, como ya mencioné, implica asumir más, ser proactivos, generar confianza, responder con consistencia y demostrar, en la práctica, que se puede operar a un nivel superior. El progreso no es una expectativa, es una demostración.
Si hay algo que 35 años de vida profesional me han enseñado, es que la paciencia es útil pero no por sí sola. Lo que realmente vale es lo que haces mientras tienes paciencia. Hubo momentos en los que yo también dudé, en los que el camino se sentía más largo de lo que quería, en los que me pregunté si estaba en el lugar correcto.
No siempre tuve las respuestas de inmediato, pero tuve algo que entiendo hoy como un privilegio: un entorno que le daba sentido al tiempo invertido, experiencias que habrían sido muy dificiles de obtener tan rápido y a tan alto nivel en ningún otro lugar, oportunidades reales para crecer, espacio para proponer, innovar y ejecutar con altos estándare, apoyo ante la equivocaciòn y para asumir el costo de los errores, mentores excepcionales que luego serían mis socios, colegas con quienes convertir esfuerzo en resultados concretos y visibles de los que nos sintiéramos todos orgullosos, y una organización cimentada en firmes valores compatibles con los míos.
De esos 35 años de vida profesional que les comento, unos 30 de ellos los he dedicado a la consultoría como parte de la firma PIZZOLANTE, allí he trabajado con cientos de organizaciones y profesionales en más de 20 países en 3 continentes, de cuyo transcurrir me quedan imágenes que no se olvidan fácilmente. He visto a personas extraordinarias esperar con inteligencia, construir con calma y llegar muy lejos, y eso me genera no solo satisfacción al haberles podido apoyar en ese proceso, sino una admiración y orgullo particular hacia personas que valoro y aprecio; también he sido testigo de lo contrario, de talento genuino que tomó decisiones apresuradas por no saber leer el momento, por no preguntar o incluso, por no exigir pero con fundamento, perdiendo así grandes oportunidades. Y por supuesto, también he visto trayectorias que se truncaron antes de despegar, y eso duele, aunque no sea tu propia historia.
Entonces, el reto actual está en encontrar ese equilibrio entre la paciencia necesaria para el desarrollo y la construcción de condiciones que la hagan lógica para ambas partes. Porque cuando el tiempo tiene sentido, la espera deja de ser un problema, y si no lo tiene, ninguna generación, ni la mía, ni la de hoy, estará dispuesta a sostenerla.
Así que esa es, creo, la pregunta que realmente importa. No se trata de si esta generación es impaciente o no, sino si nosotros, como organizaciones estamos construyendo entornos donde la paciencia tenga sentido. Y para los profesionales jóvenes que lean estas lineas, recuerden que la paciencia no es esperar sentados, que lo importante es que se hace mientras se espera, como se demuestra lo que somos capaces de hacer y aportar en términos de valor tangible, por que al final del camino, la paciencia no es un fin en sí mismo, sino un medio muy valioso para alcanzar algo que vale la pena.
