Por razones de salud, recientemente he hecho un esfuerzo por reducir (si no eliminar) muchos de los alimentos ultraprocesados, y mientras más leía sobre cómo la industria alimentaria perfeccionó durante décadas el diseño de productos para maximizar hábito, placer y consumo repetitivo, más inevitable se me hacía la comparación con mucho del contenido que consumimos hoy.

Los alimentos ultraprocesados han transformado la alimentación por su conveniencia, duración, costo y practicidad, pero también han introducido un patrón nutricional asociado a un deterioro progresivo del desempeño metabólico. Suelen concentrar altas cargas de azúcares refinados, sodio, grasas de baja calidad y aditivos, mientras reducen fibra, micronutrientes y densidad nutricional real. El resultado no es solo “estético”, también impacta nuestra claridad mental, capacidad de concentración y salud integral.

Pues bien, así como consumimos alimentos para el cuerpo, también consumimos contenido para el intelecto, y hoy se hace presente, cada vez más, lo que podríamos llamar el fenómeno del “entretenimiento ultraprocesado”.

En tiempos de acceso casi irrestricto al conocimiento, mantenemos una batalla diaria contra la distracción. Vivimos rodeados de información, expertos, investigaciones, cursos, conferencias, rankings, libros, documentales y herramientas que hace apenas unos veinte o treinta años, parecían estar reducidos en acceso a las élites académicas o corporativas.

Sin embargo, en medio de esta abundancia intelectual, buena parte de nuestra atención colectiva termina secuestrada por discusiones bizantinas, polémicas fabricadas, retos ridículos y personajes cuya principal habilidad parece ser mantenerse permanentemente visibles.

Y no, esto no es un discurso nostálgico sobre cómo “todo tiempo pasado fue mejor” (aunque podemos hablar cuando quieran de los 80 y los 90) y tampoco es una crítica elitista al entretenimiento popular. El problema no es que busquemos distracción de los agobios diarios en la pantalla del teléfono, la tablet o la computadora; el asunto es que la distracción dejó de ser una pausa y se convirtió en una industria.

Cada segundo que una persona pasa deslizando la pantalla representa datos, segmentación, publicidad y monetización. En consecuencia, los algoritmos registran rápidamente el contenido que captura la atención de forma más inmediata, y este no es necesariamente el contenido más profundo, útil o inteligente.

La lógica entonces para muchos generadores de contenido es muy simple, si algo genera indignación, morbo, curiosidad, conflicto, validación emocional o sorpresa instantánea, la plataforma lo premia. No porque sea bueno, aporte valor o eleve la conversación pública, simplemente porque retiene.

Así aparecen los “influencers” de turno en diversas temáticas, las casas de “artistas”, las polémicas artificiales, peleas prefabricadas, sexualización constante, dramas sentimentales expuestos como espectáculo público, retos absurdos, vulgaridad como premisa, amén de un largo etcétera, muchas veces financiados por pautas publicitarias de empresas cuyos valores supuestamente apuntan en la dirección contraria, pero que, seducidos por el “reach”, los “likes” y el “engagement”, terminan contradiciéndose al promover contenido que no necesariamente está diseñado para aportar, sino para explotar vulnerabilidades psicológicas de consumo.

Así como la industria alimentaria aprendió durante décadas a perfeccionar productos cargados de azúcar, grasa y glutamato monosódico, el ecosistema digital ha aprendido a fabricar contenido altamente estimulante, fácil de consumir y difícil de abandonar. No porque alimente intelectualmente, sino porque genera satisfacción inmediata, bien sea porque anestesia o sobre estimula.

Por eso, muchas veces vemos a expertos reales hablando solo para unas decenas (o si acaso algunos miles de personas), mientras individuos sin ninguna profundidad acumulan millones de seguidores. Sobre esto, por cierto, se pronunció recientemente la periodista Alejandra Oraa, ancla de CNN en español, al reflexionar sobre la responsabilidad que supone generar contenido, particularmente en formatos como los podcasts, donde hoy cualquiera puede alcanzar audiencias masivas sin filtros mínimos de validación o rigor. Más allá del caso puntual al que ella hacía referencia, su observación toca el problema de fondo que representa la creciente distorsión entre visibilidad y legitimidad (de eso les hablaré en otro artículo).

La exposición pública solía estar mediada por filtros editoriales, instituciones, trayectorias o criterios mínimos de evaluación y validación. Hoy basta con entender el algoritmo mejor que los demás pues la notoriedad puede fabricarse, la viralidad puede manipularse y la atención puede comprarse.

El problema es que la presión por entretener termina erosionando elementos mucho más importantes como la coherencia, la autoridad, la credibilidad y la diferenciación. Porque la lógica algorítmica tiene un efecto contagioso y poco a poco comienza a moldear la manera en que pensamos, hablamos y comunicamos.

Entonces, la política se convierte en espectáculo, las noticias se convierten en confrontación teatral, el liderazgo se convierte en un “performance”, y la opinión pública se convierte en un mercado de estímulos emocionales instantáneos donde la profundidad compite en evidente desventaja.

Tal vez el verdadero riesgo del entretenimiento ultraprocesado no sea solo cultural, sino cognitivo. Ya hay investigaciones que han comenzado a advertir que no solo está cambiando lo que consumimos, sino también la manera en que pensamos.  Durante gran parte del siglo XX, el llamado “Flynn Effect” describió cómo generación tras generación las personas parecían mejorar su desempeño en distintas pruebas cognitivas, sin embargo, desde finales de los años noventa, varios estudios comenzaron a detectar estancamientos e incluso retrocesos en algunos indicadores cognitivos en distintos países desarrollados.

Seria hiper simplista achacar esto solo al consumo digital, pero la incidencia de esta variable por sus efectos en la concentración, atención, memoria, lectura compleja y comprensión, han sido estudiados por investigadores como Gloria Mark, de la Universidad de California y autora del libro “Attention Span: A Groundbreaking Way to Restore Balance, Happiness and Productivity” o Nicholas Carr, escritor bien conocido por sus trabajos sobre tecnología, internet, atención y cómo los entornos digitales afectan la cognición humana, la cultura y el pensamiento profundo.

Vivimos hiper estimulados, hiper conectados e hiper distraídos. Consumimos enormes cantidades de información, pero cada vez toleramos menos la profundidad, la lentitud y la complejidad; Lo más preocupante es que el sistema funciona extraordinariamente bien pues está diseñado científicamente para hacerlo. El entretenimiento ultraprocesado opera exactamente igual que la comida ultraprocesada, es altamente consumible, intensamente estimulante, barato de producir y pobre en valor nutritivo.

Nadie discute lo sabroso que puede ser una visita ocasional a un restaurante de comida rápida (el de su preferencia). El problema aparece cuando usted come todos los días en el mismo restaurante. Con el contenido ocurre exactamente lo mismo. El problema no es el entretenimiento trivial de vez en cuando (mi hermano me inunda el chat con memes), el problema es vivir permanentemente anestesiados o sobre estimulados por contenidos incapaces de producir reflexión alguna.

El desafío entonces no es eliminar el entretenimiento ultraprocesado. Eso sería ingenuo. Siempre existirá contenido de esta naturaleza porque siempre existirá la necesidad humana de evadir un rato nuestra rutina y cotidianidad, la necesidad de olvidarnos un rato de las dificultades o simplemente escapar . El verdadero desafío consiste en evitar que termine definiendo nuestra cultura, porque cuando como sociedad perdemos progresivamente la capacidad de concentrarnos, analizar y profundizar, ya no solo cambia solo la manera en que nos entretenemos; puede terminar cambiando también, la manera en que pensamos.